Discurso de Navidad para cuñados

Que los partidos incumplan su programa electoral es ya casi un axioma. Se da por hecho que, tras llegar al poder, la realpolitik lleve a matizar algunas afirmaciones alegres, como aquella de “OTAN, de entrada no”, o cualquier otra del tipo de “Bajaremos los impuestos” o “TVE será independiente”. Pero hay algo aún peor que no cumplir lo prometido, y es no atreverse a poner en el programa la parte incómoda de la “hoja de ruta”, como están haciendo los señores del PP.

Aunque no se suele reconocer en público, en este país la mayoría de la gente de derechas tiene un ideal franquista de ser de derechas. En aquellos tiempos, el gobierno intervenía en el precio del trigo, construía pantanos y viviendas sociales, y controlaba Iberia, Telefónica o Tabacalera. Era un “estado paternal”; sobre todo si usted iba a misa, pasaba de política y hablaba catalán sólo en la intimidad, porque en caso contrario el paternal estado le daba con el cinto.

No es de extrañar que muchos de los votantes del PP digan ahora que “pasan de política”. Es lógico; el partido ha escorado del “como Dios manda” hacia el “como el Libre Mercado manda”. Y lo que manda se resume en reducir al mínimo el gasto público (incluyendo la sanidad, la educación o las pensiones) y que el mercado esté libre de condicionantes para vender, contratar, o despedir. Pero sería difícil ganar unas elecciones si uno va con esto por delante.

Acabamos de vivir un ejemplo de una de estas medidas liberalizadoras que se vuelve contra el país, muy útil para tratar de convencer a ese cuñado que aún confía en la gaviota azul. Explíquele cómo el desbarajuste que supuso la liberalización del mercado eléctrico en tiempos de Aznar ha provocado que los brokers jueguen en Londres con el precio de la electricidad española, veremos cómo salen del embrollo.

Con la crisis van por el mismo camino. Confían en que el Mercado proveerá de Brotes Verdes; nadie sabe muy bien como, si los curritos estamos o en el paro o a las puertas. Las empresas aprovechan la situación para despedir barato y que los que se quedan prolonguen la jornada sin rechistar (en lugar de reducir salario y trabajo, pero garantizando más empleos, como se ha hecho en Alemania), y luego se extrañan de que el consumo interno siga desplomándose.

Aún le argumentarán que el país más poderoso del mundo es asín de neoliberal. Bueno, si hablamos de “fuerza bruta”, los teóricos números dos y tres del escalafón serían Rusia y China (más o menos comunistas… o excomunistas). Si hablamos de renta per cápita, sultanatos petrolíferos aparte, les ganan los países nórdicos, que tienen las mayores coberturas sociales del mundo. Y si hablamos de esperanza de vida o de mortalidad infantil… ¡hasta les ganamos nosotros!

Y por último, es posible que se resistan a votar a un partido de izquierdas (de izquierdas de verdad) por la cantidad de iluminados, barbudos y perroflautas que suelen pulular por esos andurriales. Pues mire lo que le digo: a mí, estos elementos tampoco me han gustado nunca, pero he llegado a un punto en el que me parece hasta deseable que haya un contrapeso revolucionario al cinismo de los servidores del Capital.

Y sobre todo: justo ahora es cuando no es momento de pasar de política. Es lo que quieren, que seamos ovejas.

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