HHhH

Hace tiempo que el Camarada no nos comenta nada sobre sus lecturas, ocupado como está en preparar el fin de la sociedad tal y como la conocemos. Mas yo acabo de soltar el libro titulado HHhH, acrónimo que significa “el cerebro de Himmler se llama Heydrich”, y que era uno de los apodos de este personaje (el otro era “la bestia rubia”). Laurent Binet describe cómo escribe sobre Heydrich, personaje que le fascina (por lo cabrón), y sobre el atentado urdido contra él en la Operación Antropoide. Pero, sobre todo, Binet no oculta que ha venido aquí a hablar de su libro. Lo mejor es lo que te hace pensar. No es que cuente nada nuevo; pero con el estilo del “libro dentro del libro”, el autor nos obliga a seguir su propio hilo, y a hacernos nuestras propias preguntas.

No creo que les fastidie el final si les cuento que a Heydrich lo mata el comando checoslovaco, porque es un libro histórico. Histórico hasta cierto punto; el autor mezcla datos constatados, rumores y ficción en un juego de “si non e vero e ben trovato”-ismo consciente. Entre los datos históricos, el primer párrafo de la Wiki sobre Heydrich da una idea de quién hablamos. Era el jefe de la Gestapo y el Obercabrönenführer de las SS (el segundo de a bordo, tras Himmler). Convocó y presidió la Conferencia de Wannsee donde se planeó el exterminio de los judíos. En el momento de su muerte, en 1942, Heydrich era además el Protector (sic) de Checoslovaquia. Se dice que Himmler alejó de Berlín a un subordinado que cada vez acumulaba más poder, y que con su planta de “ario perfecto” (cosa de la que no podían presumir los jerarcas nazis, precisamente) se perfilaba como el delfín del Führer. A saber a dónde habría llegado de no ser por su arrogante afición de pasearse por Praga en un descapotable, cosa que facilitó enormemente la labor de los partisanos.

Como ya digo, el libro no se limita a contar la película de lo sanguinario que era Heydrich y lo valientes que fueron los que lo mataron. En primer lugar, se centra en el porqué de la Operación Antropoide. Por muy cabrón o listo que fuera, el Reich bien se podía pasar sin un soldado menos, y se temía (como así fue) que las represalias serían terribles. Pero el mensaje que se pretendía transmitir bien podría expresarse con otra palabra literaria de moda: “indignaos”.

Y algo que a Binet le indigna sobremanera es el colaboracionismo, esa bajada de pantalones colectiva que para los franceses tiene su máximo exponente en el gobierno de Vichy, pero también suelta estopa contra Chamberlain y contra la mayoría de líderes de la época. Y, aunque hijo de comunistas de la resistencia, no deja de recordar un episodio poco conocido, como es el ‘no a la guerra’ de muchos comunistas franceses en los primeros compases de la contienda; ya que Stalin había dado la consigna (four legs good, two legs better) y los fascistas alemanes ahora eran aliados.

Porque algo que casi se ha olvidado es que la guerra la empezaron los dos países al alimón, repartiéndose el este de Europa; y que si Alemania y Francia no incluyeron en su declaración de guerra al país de los soviets fue porque ya les parecía mucho tute; sólo algunos voluntarios, como Drácula se apuntaron para ir a Finlandia en plan “brigadas internacionales”. Después de la traición de Barbarroja, claro, cambió la percepción de las cosas. Por cierto, Heydrich fue uno de los pocos que trató de desaconsejar a Hitler de abrir un segundo frente sin haber terminado la tarea con Inglaterra; pero pesó más la intuición del Führer y sus acólitos.

En este sentido, leyendo el libro, uno no puede evitar plantearse cómo una secta de gañanes iluminados que no habrían pasado de sargento chusquero en cualquier ejército, como eran la mayoría de los jefes del NSDAP, pudieron llegar a imponer sus criterios a la aristocrática oficialidad alemana. Ah, la obediencia debida. Como alemanes que eran, todo estaba reglamentado, visado y autorizado. El problema comienza cuando tus normas tienen que justificar lo injustificable. No tanto ante la opinión pública, que desde el “Delenda est Carthago” al “Tienen armas de destrucción masiva” ya estamos acostumbrados a todo; sino dentro de casa. Es su forma de proceder en privado la que hace de los nazis algo esquizofrénico.

¿Qué hay que cometer algo ilegal por el bien de la Patria? No, no basta con mandar a un hombre de confianza y sin escrúpulos. Primero lo nombramos Grossenpatrañentejemanejer, y legislamos que llevará siempre consigo una Autorización con el Sello Secreto de los Nibelungos escrita en caracteres rúnicos y firmada por Himmler en persona. Y sólo entonces podrá realizar algo ilegal, porque en virtud de su autorización ya no es ilegal; aunque lo que va a hacer sólo lo sepan Himmler y él. Esto me recuerda (ahora voy yo a hablar de mi libro) a un jefe que tuve años ha. En aquella empresa, los empleados teníamos que fichar al entrar o salir, y él consideraba importante la puntualidad, y miraba los informes del reloj para decidir quién era digno o indigno de su aprecio. Hasta ahí, normal; el problema es que él no era puntual. Total, lo mismo daba, pues a él no lo controlaba nadie ¿no?. Pues no. ¿Y qué se le ocurrió? Pues encargar a un empleado que todas las semanas rectificase sus marcajes, y cuando él sacase el informe (para su uso exclusivo) se viera a sí mismo en perfecto estado de revista. Sí, es como hacerse trampas en el solitario.

Pero los nazis no jugaban al buscaminas. Asombra ver los esfuerzos que desviaron, en tiempo de guerra, al asunto de la Solución Final (por cierto, Heydrich fue quien promocionó a otro angelito llamado Adolf Eichmann). Digamos que uno entiende los genocidios “en caliente”, eso de conquistar un poblado enemigo y acto seguido arrasar con todo. Pero ver a esos señores con pinta de ratón de biblioteca, como Himmler (en realidad intentó ser criador de pollos, pero se arruinó), sentaditos en la mesa de su oficina, organizando la maquinaria destinada al exterminio de seres humanos como quien intenta cuadrar el balance, pone los pelos de punta. La meticulosidad con la que registraban cada muerto o cada deportado, su empeño en buscar la eficiencia y optimizar recursos… Si los alemanes son así, no me extraña ver con qué indiferencia dictan medidas económicas a los países intervenidos sin pararse a pensar la que están liando.

Todo esto, y más, en HHhH.

3 thoughts on “HHhH

  1. Cide Hamete

    March 24, 2013 at 6:12pm

    Me parece que nadie lo ha dicho aún. Así que voy yo:

    Usando la reductio ad hitlerum, ¡tú eres un nazí!. Has dicho que “entiendes” los genocidios. Nazi, más que nazi.

    ;-D

    Dejando las tonterias bienpensantes de los pijoprogres de salón, yo también recomiendo leer el libro HHhH, me pareció una lectura bastante interesante y, guardando las distancias, me hizo intentar ponerme en la piel de mi abuelo paterno cuando en el 36 dejó su puesto de sargento de la Guardia Civil en un pueblo del sur de Cádiz para irse voluntario con el Tercio. Cómo me contaba a fines de los años 80: “había que limpiar España de la basura comunista que quería convertirnos en esclavos del Diablo”

    Salud y República

  2. Golias

    March 27, 2013 at 1:07am

    Otra cosa bonita: gracias a la absorción de Austria, sede de Interpol, tanto Heydrich como Kaltenbrunner fueron jefes de esa organización, y usaron sus archivos y métodos para ayudar en los propósitos del nazismo. Interpol quedó machacada después de eso, y tras la guerra hubo que volverla a montar, esta vez basada en Francia.

  3. Mikel

    April 2, 2013 at 2:57pm

    Y si pasáis por Praga, no dudéis en visitar la Iglesia de san Cirilo y Metodio, que alberga la cripta donde se refugiaron los miembros del comando de la operación antropoide. Espectacular.

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