Te acompaño en el sentimiento…

En una ciudad pequeña y de ubicación difusa como es Ávila, casi todos tenemos familiares o conocidos (por lo general, de avanzada edad) que se acercan a mirar las esquelas que adornan las puertas de las iglesias para ver quiénes han pasado a mejor vida. Las leen para ver si conocían al finado o a alguno de sus deudos; aunque no sea así siempre se puede comentar si el apellido es corriente, si deja viudo o viuda, o si ha muerto de viejo o no (independientemente de si es centenario, cualquiera más joven que el lector de la esquela ha muerto en la flor de la vida).

Esta costumbre normalmente no es más que eso, una distracción de abuelos sin muchas distracciones, que les da pie además a cumplir con ese especial concepto del “deber social” asociado con la muerte: el pésame, el luto, los velatorios de gaupasa y la novena por las ánimas. Estas luctuosas tareas se pueden afrontar de diversas maneras. Hay quien lo lleva mal, por el “yuyu” que nos produce eso del más allá. La edad y los achaques suelen dar paso a otra manera de verlo, más resignada, con el compadreo del que sabe que no le queda mucho para reunirse con el interfecto. Y, qué coño, hay gente que incluso le cogen el gustillo a estos rollos, por lo que tienen de reunión familiar y de cotilleo post-mortem; sobre todo cuando no es algo trágico; cuando, como se suele decir, el fallecido “por fin descansa”.

Y luego está mi tía.

Mi tía disfruta con los entierros y los velatorios. No tiene ese punto a lo Nieves Concostrina, de tratar de buscar la anécdota graciosa, el contrapunto a lo lúgubre, no. Es que, a su manera, se lo pasa pipa. Iría aunque cobrasen. Más de una vez ha comentado que en los funerales se está mejor que en las bodas, porque “hay menos jaleo y se habla mejor”. Se apunta a cualquier entierro, por lejano que sea el parentesco, “resulta que se ha muerto la suegra del cuñado del carnicero del pueblo de al lado del de mi vecina”. Y claro, se planta allí, y seguro que conoce a alguien más, porque a lo largo de su vida ha logrado entretejer una telaraña de relaciones sociales inimaginable. “Estaba allí aquella señora que tenía a su padre ingresado en la cama de al lado del tío Sisebuto cuando le operaron de la péndice… ¿Cómo que ya no te acuerdas?…”

Nosotros, porque ya la conocemos, pero tiene frases épicas. Y van a más. Del último velorio del que tengo constancia volvió exultante, diciendo “ha estado fenomenal, la iglesia llena, estaba allí todo el barrio”. Cuando le informan que algún nonagenario achacoso está en las últimas, suele decir: “Ya verás cómo se muere el miércoles que es el día que peor me viene”. No se corta, lo dice completamente despreocupada, como si tal cosa. Alguna vez ha hecho observaciones similares delante del moriturus, que vale que estaba ya inconsciente en la cama de paliativos… pero cuando el compañero de habitación escuchó “a ver si hay suerte y se muere el viernes” abrió los ojos como platos en una perfecta expresión de incredulidad, indignación y pánico. Claro, que el hombre no tiene por qué saber que ella también dice que “el estado ideal de una mujer es el de viuda”, incluso delante de su marido. “Claro, que ahora me viene muy mal porque me quitan una pensión”, añade contrariada.

Como contraprestación justa a estos buenos momentos, le gusta colaborar. Ella dice que prefiere que el velatorio cierre por la noche, pero si no es así aguanta todo el after hours y se suele ofrecer a la familia para que se vayan a descansar un poco mientras ella se queda allí para que (el difunto) no se quede solo. Y si hay parientes que vienen de fuera, presta su casa para alojar a los que quepan, organizando sofás y camas supletorias. Y se pone a cocinar como para un regimiento. Así le pasa, que luego se presenta en casa con una perola de croquetas, o de rosquillas, “que son de la pobre Tía Enriqueta que en paz descanse, que han sobrado…”.

Y luego está el tercer tiempo. Si justo después de un funeral tienes la desgracia de toparte con ella va y te lo cuenta con verdadera pasión, con pelos y señales: El pesar de los familiares. Las coronas y sus dedicatorias. El asunto de la herencia, y sus posibles complicaciones. Y un tema que a mi señora le da especial repelús: el estado del cadáver… “qué bien le han dejado, si tenía mejor cara que cuando fui a verlo al hospital, la semana pasada”. Pero también se queja si tiene mala cara, cosa que, cuando te lo comenta en el mismo tanatorio, de cuerpo presente, te puede provocar un peligroso epiosodio de risa irrespetuosa.

Mención aparte merece el análisis pormenorizado del sermón, suele ser bastante crítica con los curas. No perdona ni una, ni que se pasen con elogios hipócritas, ni que suelten una letanía trillada. Ah, pero cuando la elegía cumple con sus expectativas, cuando se nota que está personalizada ex professo para el finado, cuando mezcla el consuelo para la familia con algún recuerdo divertido que sucedió en vida… ella sí que lo vive. No aplaude por aquello de la situación, pero cuando todo sale bien lo proclama a los cuatro vientos.

De hecho, a mí me ha llegado a contar entierros en los que yo también había estado (es imposible interrumpirla). Hay que reconocer que bajo su prisma estos fúnebres asuntos cobran un nuevo cariz, es como cuando visitas un monumento o un museo con un guía experto. Y creo que su manera de acompañar en el sentimiento, en el fondo, ayuda.

6 thoughts on “Te acompaño en el sentimiento…

  1. Ronronia

    March 18, 2013 at 5:52pm

    A mi suegra le gusta vestir muertos. Así dicho suena muy mal, como lo de tu tía o peor, pero en realidad es porque no le dan miedo ni asco, sabe hacerlo bien y ella es consciente de que una persona así resulta de gran ayuda para los familiares del fallecido en el momento en que más la necesitan.

    Es una habilidad que ha quedado obsoleta desde que se han generalizado las funerarias y existen profesionales que se ocupan de estas tareas. Igual que tu tía, alcanzó su máximo de utilidad tanatoria en esa época en que los muertos se velaban en casa y en casa se adecentabana.

    No sé si por estar más en contacto con la muerte, estarán mejor preparadas para ella que nuestra generación, que vive un poco de espaldas a ella. Ahora parece que si envejeces es porque no haces deporte y no te pones cremitas y si enfermas es porque comes porquerías y tienes vicios poco saludables. Quizás no queramos ya ser los más ricos del cementerio, pero sí los más sanos.

  2. supermon

    March 18, 2013 at 9:55pm

    Pues sí. Nosotros hemos hecho “outsourcing” hasta de la muerte. Un amigo del gremio me contaba que es típico, a la hora de vestirlos para el ataúd, cortar la ropa por la parte de atrás y ponérsela como un “baby”.

    Ya decía el poeta que para enterrar a un muerto sirve cualquiera menos un sepulturero.

  3. eu

    March 18, 2013 at 10:23pm

    Vosotros, los informáticos, tenéis habilidades que nadie imaginaria. Jesús, que tropa.
    Por qué seréis siempre tan utilistas

  4. supermon

    March 18, 2013 at 10:26pm

    Me refiero a un amigo del gremio funerario (que es el tema del que hablamos), no del gremio informático.

  5. FerFrias

    March 19, 2013 at 2:03am

    Mi abuela era igualita que tu tía. Nos lo pasábamos pipa cuando nos contaba los chistes que había aprendido en “el velorio de Fulanito”, o lo que se rió en “la vela de Menganita”. Supongo que todo eso tendrá mucho que ver con el hecho de que en los pueblos los velatorios eran un acontecimiento social en el que se reunía todo el mundo, pero que mi abuela se llevase siempre una baraja para jugar a la brisca en la casa del difunto (baraja que, por cierto, aún conservo) me parecía un poco irrespetuoso…

  6. supermon

    March 19, 2013 at 7:32pm

    Tu abuela sabía lo que hay que hacer.

    Uno de los velatorios que recuerdo de mi tierna infancia fue el de un tío abuelo; yo tendría unos 10 años. Fue en el pueblo, en su casa… que además era el bar. Ni que decir tiene que aquello estaba repleto. Estando allí, un vecino acudió a avisar que se había muerto otro anciano del pueblo. Se hizo un silencio sepulcral (nunca mejor dicho). Pero antes de que alguna plañidera empezase a lamentar que las desgracias nunca vienen solas, un paisano dijo:
    – “Pues se va parriba una buena pareja pal tute”
    Recuerdo que las carcajadas duraron muchos minutos. Cuando parecía que se calmaba, se oía alguna risa floja, y vuelta a empezar.

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