Bad Vibrations

A pesar de que una amiga me comentaba que empezaba a creer en algún tipo de recuperación, a mí sólo me llegan malas vibraciones y facturas de la luz exorbitantes. Paso a contarles un par de ellas (de las vibraciones, no de las facturas, que esas no hay quien las entienda…)

La primera me la transmite lo que sucedió el viernes pasado en las oficinas del ECYL de Ávila. Sí, ese servicio público de empleo que tenía contratados a sus trabajadores temporales en fraude de ley. Allí se presentó un caballero con claros síntomas de haber empinado el codo. Sin sacar el papelillo del turno ni nada, se dirigió al personal solicitando ostentóreamente un empleo. Ante la educada desestimación de sus palabras y modales, respondió “¿Entonces pa qué cojones estáis aquí?”, y tras unos cuantos improperios más, salió de allí a trompicones. El resto de demandantes, que esperaban en sumisa cola, comentaron por lo bajini lo perjudicao que estaba el hombre a tan temprana hora. Pero tras el silencio posterior al murmullo levantado por el incidente, volvieron los comentarios, esta vez en la línea de “la verdad es que razón no le falta…”

Lo curioso del caso es que la mayoría de la gente que estaba allí, derivada desde el INEM, se enteraba poco después que iban a tener complicado acceder al curso al que se habían inscrito, porque entre los “requisitos sorpresa” estaba haber realizado la primera parte del susodicho curso con anterioridad. Todos comentaron la exquisita opacidad con la que el INEM distribuye la información, que parece que más que un servicio de empleo es un método para enredar a los parados con burocracias y trámites; ya decían en aquella película argentina que “buscar laburo da más laburo que el mismo laburo”. Y se volvió a hacer referencia a que el que tenía razón era el borracho. Y que lo mismo lo que nos hace falta es más vino.

Otra de las sensaciones me llega de los conocidos y familiares que cada vez más, tenemos en el extranjero. Y ésta es sobre la imagen de España que se tiene fuera de aquí. Y que se encuentra por debajo del umbral del “pésima” y a punto de llegar al “nefasta”. Alguno dirá que siempre nos han tenido tirria, pero la verdad es que nos lo estamos ganando a pulso. Si ya partíamos como el pueblo que ha legado al lenguaje universal las palabras “fiesta” y “siesta”, las recientes actuaciones de nuestros mandamases (y de los que les precedieron) están convirtiéndonos en una especie de modelo de lo que no hay que hacer. Ni siquiera en lo deportivo tenemos motivos de alegría, porque la sombra de que aquí hay barra libre para el doping es muy alargada.

Estoy seguro que corruptos y dopados hay en todas partes, pero la gran diferencia es que aquí todo se resuelve apelando al ‘y tú más’, al defecto de forma, y al Juicio Final. O sea, que no se resuelve. Así nos ha pasado otras veces. Resulta que los más genocidas de América fuimos nosotros, pero del río Grande hacia el norte quedaron muchos menos indígenas. Resulta que todos asocian la Inquisición con el amiguete Torquemada (hey, que ni siquiera aprovechamos que está enterrado en Ávila), cuando en el resto de occidente se quemaron brujas a cascaporro. Si hasta a la gripe de 1918, la más mortal de las habidas en la historia, la llamaron “la gripe española” (cuando parece ser que se propagó desde Kansas).

Va siendo hora de agarrar el toro por los cuernos, y hacer caso al borracho. O si no, dentro de poco, noticias como ésta no nos pareceran chistes. Y eso que la autora es mi amiga Raquel, la de los brotes verdes…

Bola extra, a ver si alguien me explica esta otra.

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