Detroit de los caballeros

Ayer leí un gran artículo sobre el declive de Detroit, la ‘ciudad del motor’ que se ha convertido en una ciudad fantasma. No es que me haya impactado, es que todavía no iba ni por el tercer renglón cuando ya estaba buscando paralelismos con mi ciudad. He reproducido el artículo original (recortando, que era muy largo), con añadidos en cursiva para adaptarlo a una visión de Ávila en un futuro no sé si muy lejano… ¿2020? El Camarada seguro que me dice que antes… Coñas aparte, la sensación que me da es que vamos por el mismo camino. Verán que no hay tanta cursiva… Un replace de ‘Detroit’ por ‘Ávila’ y poco más…

El ocaso de toda una ciudad en pleno corazón de España. Un antiguo símbolo donde hoy se venden viviendas por el precio simbólico de un euro, ya que nadie quiere habitar el inhóspito silencio de unos barrios abandonados que no tienen electricidad, ni agua, ni policía, ni escuelas, ni Escuela de Policía. Porciones enteras de la ciudad han muerto. Otras están agonizando. Otras sobreviven, pero lo hacen rodeadas de un creciente marasmo de solares vacíos y calles abandonadas. La muralla nos mira con la sonrisa sardónica de los muertos, como queriendo decir “no os lo toméis a mal, amigos, ¡la economía de mercado es así!”.

El declive de Ávila es un fenómeno fascinante. Trágico, pero fascinante. Primero por las imágenes que ha generado, especialmente en forma de “naturaleza muerta” arquitectónica. Han sido esas fotografías las que han atraído las miradas del mundo hacia una ciudad que llevaba décadas descomponiéndose en silencio. Estaciones de tren y de autobuses (una no se llegó ni a inaugurar), aulas, consultorios, polígonos industriales, oficinas, bibliotecas… todos ellos lugares que ahora están vacíos. Se ha convertido en motivo de sonrojo para los profetas del “nada puede fallar”. Y la situación no tiene visos de cambiar a corto plazo, pese a los desmentidos a la desesperada del actual alcalde Miguel Ángel García Nieto, quien se empeña en que “los números deben de ser incorrectos”. Voluntariosa pero inútil autodefensa muy propia de un político que no afronta la realidad de la sociedad que administra.

La prosperidad se transformó en lujuria arquitectónica. Se construyó. Y se siguió construyendo. Ávila continuaba brillando de puertas afuera, así que había que seguir adelante con la función. En el trasfondo, sin embargo, el desempleo, la pobreza y la violencia continuaban agravándose. Las empresas seguían marchándose. Incluso Caja de Ávila, estandarte económico de la ciudad. Quienes habían visto agrandarse las vías de agua y tenían posibilidades para marcharse no lo dudaron un instante.

(Sobre el párrafo de los Detroit Pistons no se me ocurrió nada. Esperemos que el Rugby Ávila Club nos brinde futuras glorias)

La crisis financiera trajo consigo el desmoronamiento total. La última gran fábrica que aún quedaba también partió, y la industria de Ávila, ya agonizante, firmó su certificado de defunción. Las consecuencias de la diáspora han sido tremebundas para Ávila: son los jubilados quienes se han quedado, así que la renta per capita se ha desplomado todavía más, y lógicamente la capacidad recaudatoria del ayuntamiento se ha extinguido. El propio ayuntamiento animaba a los ciudadanos a mudarse a aquellos barrios donde todavía se podían conservar los servicios básicos. Regiones enteras de la metrópolis quedaron deshabitadas. La cantidad de locales comerciales vacíos en pleno centro de la ciudad puede dejar boquiabierto a cualquiera.

Como en toda crisis económica el sufrimiento humano se convierte en un índice que no puede siquiera medirse, entre otras cosas porque la mayoría de las veces queda oculto en el anonimato de las víctimas. Pero ha surgido un reclamo inesperado: la arquitectura abandonada ejerce como portavoz silencioso de ese sufrimiento. Fotografías de colegios vacíos que nos hablan de los niños que ya no tienen aula, de los padres que ya no tienen trabajo, de los hoteles en donde ya nadie se hospeda. Fotógrafos profesionales y aficionados comenzaron a acudir en busca de imágenes chocantes que normalmente asociamos con el tercer mundo o con la súbita caída de regímenes como el soviético. Una de las presas más codiciadas es El Edificio de Moneo. Hoy parece un tétrico monolito legado por alguna civilización alienígena, abandonado allí para asombro de los humanos. Bueno, igual que cuando lo inauguraron. No menos espectacular ha sido la estéril agonía del antaño esplendoroso Centro de Congresos y Exposiciones Lienzo Norte, situado frente a la muralla, ya que parece el aterrador decorado de alguna secuencia de Alien, el octavo pasajero. Ni han tenido mucha más suerte los hoteles.

Tampoco se ha librado del naufragio, como ya comentábamos, el sistema educativo. La Universidad Católica, por ejemplo, es ahora una especie de museo. Algunas de sus dependencias, como los laboratorios, sufren un abandono tan pasmosamente estético que bien podría haber sido diseñado por un artista conceptual: cajones y portezuelas de madera abiertas en serie, quizá por buscadores de sustancias de dudoso uso, y encimeras devoradas por el fárrago de mil pequeños utensilios y fragmentos de objetos indefinidos, presidido todo por estanterías prácticamente intactas, repletas de probetas, tubos de ensayo y mecheros Bunsen que nadie se ha molestado en robar.

Algo similar sucede con la Escuela de Policía. Hoy es una descorazonadora parábola visual del futuro truncado de Ávila. Empezando por su antiguo auditorio. Si aparecía prácticamente intacto en el reportaje de Time, constituyendo una visión tan hermosa como triste, al año siguiente ya había sido destrozado y pintarrajeado por los vándalos de turno… Igualmente imponentes son los restos mortales de la Universidad de la Mística: el interior de sus plantas se antoja hoy un laberinto que lleva a ninguna parte, como si Patricio Estrella hubiese muerto de viejo, hubiese caído sobre su costado… Ah, que el edificio fue contruido así aposta… Perdón.

Particularmente pintoresco es lo sucedido en el barrio de Las Hervencias. En tiempos mejores, orgullosos abulenses de clase media-alta edificaron viviendas elegantes. Pero unicamente quedan algunas en pie; no pocas de ellas parecen ahora salidas de la película Psicosis: ventanas que nos contemplan con mirada hueca o veladas por una ceguera de contrachapado, fachadas a medio caer, jardines secos o en el mejor de los casos rebosantes de enredaderas que devoran con avariciosa lujuria los edificios.

La gente de Ávila, como suele suceder, ha respondido al cataclismo de las formas más dispares imaginables. Algunos han optado por la delincuencia o el vandalismo. Los hay también que vagan por las calles en busca de despojos, en muchos casos rendidos ante la desesperanza. Otros optan por apelar a la dignidad ciudadana, por ejemplo creando programas espontáneos de “granjas urbanas” para autoabastecerse de alimentos frescos cultivados en los muchos solares vacíos que hay entre unos edificios y otros. Mientras tanto, los jabalíes y otros animales salvajes han empezado a merodear de nuevo por la ciudad.

El barco se ha hundido. Esto debería producir una profunda reflexión. Podría suceder en cualquier parte. Porque lo que ha demostrado es que una ciudad no es el conjunto sus edificios, ni de sus infraestructuras, ni de sus instituciones. Una ciudad es su gente. Si la gente se marcha, la ciudad muere. Y la gente se marcha cuando no tiene trabajo. ¿Inevitable? Quién sabe. ¿Triste? Desde luego. El Titanic se hunde, queda para la opinión de cada cual ponerle nombre al iceberg.

One thought on “Detroit de los caballeros

  1. Aloriel

    February 19, 2013 at 8:54pm

    Díselo al alcalde de «Ávila no necesita industria, tiene que apostar por el turismo». Maldito imbécil.

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