Adios al ‘Estilo Paradores’

Si el Barça es més que un club, Paradores es más que una cadena hotelera. Ni son baratos, ni son lujosos, ni son cómodos, pero no me negarán que tienen un espíritu propio. Sí, un espíritu un poco rancio, que huele a medieval, a Información y Turismo, a señorito y a coñac, pero si durante años han sido referentes en su sector, por algo sería. Cierto es que contaban con el todopoderoso respaldo de Papá Estado, pero se convirtieron en un pilar del turismo ‘no masificado’, y para muchas localidades su mera presencia se convertía en reclamo y puerta de entrada para el visitante.

Muchos paradores se ubican en edificios antiguos. Queda muy bonito, pero el peso de la Historia provoca un sinfín de incomodidades; se ve que don Raimundo de Borgoña no pensaba en la accesibilidad ni en que la wifi necesitaría repetidores a cascaporro. Pero lo característico de los paradores no son las nobles mansiones, sino que en su momento alguien (supuestamente serio) pensó que la decoración tendría que ser como la del castillo de los cliks de Famobil Playmobil: lanzas, armaduras, blasones y pendones. Así sucede, que uno no sabe si está en un hotel, en el almacén de un anticuario, o en el escenario de “La venganza de Don Mendo”.

A veces, paseando por claustros o corredores, uno puede vivir experiencias fantasmagóricas. No se rían, porque (mode Cuarto Milenio ON) sí, amigos, yo he sentido una presencia. Yo me casé en un parador. Cuando los contrayentes fuimos a concertar el evento nos preguntaron cuál de las dos ‘suites’ del establecimiento preferíamos para la noche de bodas (va incluido en el menú). Ante nuestro encogimiento de hombros nos llevaron a ver una de ellas: muebles del año catapún, cama con dosel, tapices, el suelo que crujía a nuestro paso… Y esa sensación de ‘pase, pase, Dr. Van Helsing’. A pesar de todo, con mi proverbial conformismo, ya estaba a punto de asentir, justo cuando Igor la amable empleada nos dijo: ‘aquí se quedaba Franco siempre que venía’. Con perfecta sincronización respondimos a dúo: ‘nos quedamos en la otra’. Aquello ya se pasaba de espíritu oscuro.

Los paradores también tienen una clientela peculiar. Quizá algunos hoteles del Paseo de El Prado, La Concha o El Sardinero puedan competir con los paradores en abolengo y decimononiquez, pero ninguno alcanza esa amalgama de clientela tiquismiquis y peliculera. ¿Donde se podría rodar un remake de ‘La escopeta nacional’ sin gastarse un duro en actores ni decoración? ¿Dónde te puedes encontrar con la familia von Trapp cantando de camino al comedor? ¿Con López Vázquez y Nadiuska de picos pardos? ¿Con Echanove y Arias, a cuerpo de rey? Pues sí, en un parador. Y eso que han perdido señorío; antes la gente no iba, como ahora, a pasar un finde o un puente; iban a estar ‘una temporada’, con la familia (numerosa), la criada, la abuela y el gato. Lo del gato ya casi no se ve, pero todavía hay familias de bien que siguen yendo de paradores por mantener las costumbres, aunque los niños no siempre son tan educados como antes, y eso que los colegios ahora son más caros.

Además del turismo familiar, los paradores también son muy típicos para una escapada romántica. Aparte del matrimonio elitista, de unos años a esta parte es más normal encontrarse con parejitas de consultores junior, amigos y residentes en Madrid, con el plano, la guía turística, la cámara de fotos, y esa sensación de que alguno de los dos reservó en un parador por aquello de que el ‘plus cultural’ disimulase la motivación sexual. Se los puede encontrar paseando despistados por esas ‘zonas comunes’ repletas de sofás, tulipas y mesitas bajas, hasta que se sientan a jugar al parchís* con dos cocacolas. Y en la mesa de al lado, mirándoles de reojo con envidia, otra pareja. La envidia es porque los del parchis no tienen miedo a que les vea algún conocido. Porque, aunque no lo pone en la web, los paradores son adultery-friendly. Y la de anécdotas que se generan a costa de los cuernos, como aquel que pagaba lo-que-haga-falta a quien le sacara del Parador de Gredos, incomunicado por una inoportuna nevada, porque él no estaba allí. O ese cliente habitual, siempre tan amable y dicharachero, que el día que se presentó con la legítima sufría una amnesia paralizante.

Los empleados también son gente curiosa. Mientras que a algunos se les han exigido titulaciones, idiomas, y superar pruebas de selección, otros han entrado a dedo (y a veces, con un criterio absolutamente errático). Ese extraño estatus de ‘empresa privada de titularidad pública’ hacía que los empleados tuvieran mejores condiciones laborales que el promedio del sector; y que exista un porcentaje de inútiles (mezclados con excelentes profesionales), que no habrían sobrevivido tres días en una cadena privada. Muchos de esos inútiles son jefes, claro; el cocinero o el de recepción suelen ser gente competente, porque su trabajo lo nota el cliente.

Y, por último, los paradores también tienen su historia como empresa. Desde Alfonso XIII al ministro Soria, pasando por Fraga y el felipismo, todos han intentado hacer de Paradores su coto particular para el mangoneo; lo de las obras del Parador de Cádiz quizá sea el máximo exponente de ‘tirar con pólvora del rey’. Imagino que, además, más de uno se lo habrá llevao crudo. Entre eso, y la crisis, la cosa ahora está un poco jodida; hace poco se planteó un ERE que planteaba cierres y despidos, aunque al final de las negociaciones se consiguió mitigar el impacto entre los trabajadores: ha habido menos despidos y más reducciones de jornada. Lo malo ha sido cómo lo han hecho: no contentos con mantener a los gañanes que les han conducido a esta situación, la política ha sido la de quitar remeros y dejar al capitán, al contramaestre, al almirante… Y lo malo es que no nos extrañe.

(*) El parchís como metáfora de ‘a ver si se aburre y nos vamos a follar de una puta vez’, he ahí un tema para otro ‘post’.

One thought on “Adios al ‘Estilo Paradores’

  1. Santiago

    February 16, 2013 at 11:11pm

    Supermon , creo que has descubierto el “lado oscuro” , que la fuerza te acompañe “camarada”.

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