Diseño socarrón

Históricamente los seres humanos nos hemos considerado la especie elegida, el cénit de la evolución, el ‘bicho marca ACME’. La inteligencia nos distingue de entre las bestias*, decimos. Pero si tras el proceso evolutivo se esconde la mano del demiurgo, desde luego no lo podemos calificar de diseño inteligente: más bien sería un diseño socarrón. No se explican de otra manera las contradicciones en las que cae el animal que se autodenomina ‘sapiens’. Con esto no me refiero a que estemos sujetos a las pulsiones básicas como comer o reproducirse, no. Me refiero a la manera en que lo tenemos implantado en nuestro kernel: está claro que el programador era un friki. Veamos algunos ejemplos.

Repulsión condicionada
Está demostrado que somos el animal más tiquimiquis de la creación (exceptuando algún gato malcriado). Debido a condicionantes culturales, nos da asquito utilizar un aseo público, o comer la comida que ya ha probado otro. ¿Se imaginan a un perro que no quisiera marcar su territorio o morder una vianda porque ‘a saber quién lo ha hecho antes’? Y sin embargo, cuando nos ponemos al tema sexual, nos pasamos el asco y las normas básicas de higiene por el forro de los cojones (y nunca mejor dicho). Es más, a ningún otro animal se le ocurren las guarreridas que a nosotros. Y bien está, porque si fuéramos igual de paranoicos para el sexo, la humanidad se habría extinguido, y la vida sería menos divertida.

¿Adorables cachorritos?.
Sin cambiar de tema, si hay algo específicamente humano es nuestra capacidad de tener sexo sin procrear (y no al contrario). Esto también nos podría haber causado problemas como especie, pero la evolución nos ha tendido otra trampa: adoramos a nuestros cachorritos. Ciertamente, gatitos, perritos o corderitos son dignos de ternura, y se entiende que sus progenitores se desvivan por ellos. Pero que esa retorcida hélice de ADN que tenemos dentro nos obligue a sentir algo por estos parásitos que traemos al mundo, tiene delito. De bebés somos inútiles y apestosos; de niños, unos trastos; y en la adolescencia nos gusta el hip-hop y los pantalones caídos. Y, sin embargo, nuestros padres nos quieren.

Hombre-hambre
Aunque la especie humana convive con el hambre, algunos de los grupos de homo sapiens han conseguido crear sociedades en las que el alimento sobra. Pero, tan listos como somos, hemos convertido esa dicha en un castigo. En efecto, el principal problema de esas sociedades es la obesidad. Ello proviene de otra zancadilla de la selección natural: nuestra especie, igual que otras muchas, está capacitada para darse un atracón de comida y acumular reservas por lo que pueda pasar. Decían en tiempos de mi abuelo que “el que no come después de harto no trabaja después de cansao”. Pero esa adaptación se torna en escarmiento, michelines, celulitis y colesterol. Nos está bien empleado.

El espíritu de la otra manada
Somos una especie multigregaria. A nosotros no nos vale con formar una manada, no: necesitamos muchas: somos de una familia, de una pandilla, de una nación, y del Betis manque pierda. Pero esa necesidad de pertenecer a grupos, que podía haber hecho de nuestra especie el paradigma del cooperativismo, se manifiesta en todo lo contrario. Si hay algo que nos caracteriza es la facilidad con la que se nos puede manipular para odiar a la manada de enfrente. La mayoría de los países se han zurrado con sus vecinos. El bético se justifica por la existencia del odiado Sevilla (y viceversa). Y estoy seguro que existe un gen, aún por descubrir, que codifica (en segunda convocatoria) las proteínas específicas para que las reuniones de comunidades de vecinos sean como son.

(*) Empleo “bestia” con el significado de “animal cuadrúpedo”; no de “persona ruda e ignorante”. Sobre la cuarta acepción que indica la RAE: “monstruo, ser fantástico”, siempre he mantenido que el título del cuento “La bella y la bestia” debería haberse traducido como “Bella y el monstruo”, ya que “Bella” es el nombre de la protagonista y, salvo los forofos de Iron Maiden, casi nadie habla de “la Bestia” con ese sentido.

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